Por Alfredo Rodríguez
Transcurre la mañana, asisto desde el cuarto contiguo al de Girma, a audiciones de música, advierto comentarios, anécdotas. Ha pasado la hora de Los Latinos los de Estela Raval, los cinco grandes; “Sólo tú, y solamente tú”, posesibidad repleta de inmenso amor; “cuando el sol enamorado la luna ve”, ahí está “la hora del crepúsculo”, cantada en sus orígenes por los fabulosos “Platters”; así bebiendo bueno, llega José Tejedor, amigo entrañable, rey de victrolas, conectador de pueblo, “porque tu amor es mi espina, por las cuatro esquinas hablan de los dos”, firma otro grande de México, el Rubén Fuentes de la “Vickina”; pasan la identificación de la emisora y anuncia el conductor por debajo de la bella “Sombras” que, llega la hora de Javier Solís.
Girma sintoniza bien el dial y sube un poquito, ahí está “mi amigo organillero”.
Gabriel Siria Levasio fue poseedor de una de las voces más cálidas y de uno de los timbres más hermosos que he oído en mi vida. “Tacubaya” no dejó nada para nadie. “Payaso, soy un triste payaso, ante el mundo estoy riendo y dentro de mi pecho, mi corazón sufriendo”; Javier, lavador de autos; ¿sabes cuántas penas lavaste y cuántos ojos humedeciste con tu brotar de sentimientos? La fría Garibaldi, donde tantas noches he pasado años después, me contaron de ti, una tarde una disfonía amenazaba con no dejarme entonar en los ochenta, allá, en el desaparecido “Hotel del Prado”, el empresario que me había llevado a México me condujo hasta el hasta el consultorio de un médico otorrino y foniatra muy afamado, y al llegar a su despacho te vi, Javier, enmarcado en un cuadro, pregunté solícito y el galeno me explicó que habías sido su paciente.
Entre anécdotas tuyas, enjuagues nasales, inyecciones endovenosas y calores, transcurrieron horas y sé que, además de la ayuda médica, las historias que sobre ti me hizo el facultativo, ayudaron a que a las 11 en punto de la noche este cantor estuviera “de paquete” y cantara en aquel bello recinto, que guardaba celoso aquel mural extraordinario del Diego de México y de América, del Diego de Frida, de Don Diego Rivera.
Cuentan que fuiste tímido con las mujeres por tu origen humilde que quisiste ocultar, a muchos en momentos de nuestras vidas nos ha sucedido, pero Javier querido: ¿Cómo superarte? Cinco veces firmaste siete papeles y te sobrevivieron nueve hijos, pareces contestarme con aquella canción por la que mereciste el primer disco de platino en 1957; sonríes y me sueltas: “¿Qué te importa?”.
Fuiste amante admirador de aquel “Pedro de pueblo”, del gran Infante, ¿quién escapó en América de su embrujo? Quién no quiso subirse a una moto?, ¿Quién no susurró al oído de una linda: “si te vienen a contar cositas malas de mí….”; pasados los años, una tarde al lado de Valdés Leal, tu aconsejador y amigo, quedándote con Pedro, encontraste definitivamente a Javier, y surgió el máximo comunicador del bolero ranchero de todos los tiempos, “Amorcito corazón yo tengo tentación de un beso”; la comunicación esa mágica, perfecta, te salías de la vellonera y de las ondas, para cantarnos a cada quien.
Tu media voz se descolgaba sin desafinar, ni cromar siquiera. Justo a la Beltrán a Aguilar y a muchos más, hiciste cine, mucho cine, tanto como treinta y tantas películas, tuviste facultades naturales, muy espontáneas para la actuación. Hoy día te imitan los que se dedican a las imitaciones y cientos, miles de los que tienen carrera hecha y los que comienzan no pueden desprenderse de tu querer tan bien cantar.
Javier de idilio; me cuenta Mario, allá, entre tanda y tanda de fisiculturismo por Itzimná, que tuvo gusto en conocerte y ver cómo las “viejas” se desprendían de sus íntimas prendas y las lanzaban hacia ti, ¡ay Alvaro Carrillo” ese es el mejor sabor; el sabor de ellas.
Síguenos dejándonos aquel “me recordarás, me recordarás, porque te he querido”, ese sentido, no de machismo, pero sí de hombre, déjanos seguir saboreándolo desde tu decir.
Javier, muchas veces como tú, he cantado aquello de: “Ayúdame Dios mío, ayúdame a olvidarla”, otras junto a Paco y a ti, le he susurrado al oído: “cuando te haga falta una ilusión, háblame” en diferentes ocasiones fui de la mano de “Renunciación”, para contarle que: “yo siempre fui lo que soy, jamás te diré mentiras”, tú, Javier grande, desde tu “Tacubaya” querida, nos sigues dejando saber que muchos de los que andamos por momentos somos payasos perdidos en la penumbra de la noche, con risas y con llantos.
Publicado el 01.12.2009 en el periódico Por Esto! (Mérida, Yucatán, México)











